Amorevino hornea en leña pizzas de masa diaria y cocina pastas italianas en el Centro Histórico de Chihuahua
Pizzería y cocina italiana de la calle Segunda 801, con masas que se preparan cada día, salsa de tomate de la casa y un horno de leña que se atiende a mano; tiene otra sucursal en la calle Guadalupe Victoria.
Por Redacción
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En Amorevino, cada pizza pasa por un horno de leña que se atiende a mano. Detrás de una puerta de metal con ventana de vidrio arde la leña al fondo, y frente a ella el pizzero remueve las cenizas, atiza el fuego, limpia el lugar donde va la pizza, la coloca, cierra la puerta y espera unos pocos minutos.
Amorevino está en el Centro Histórico de Chihuahua, en la calle Segunda 801, casi esquina con Morelos. Su cocina es italiana: pizza al horno de leña, pastas, panes y ensaladas, con una salsa de tomate que se prepara en la casa. El restaurante abre a la una de la tarde y cierra a las diez de la noche, o a las once los viernes y sábados. Tiene otra sucursal sobre la calle Guadalupe Victoria.
El lugar interesa a Chihuahua por el oficio que concentra: una masa que se prepara cada día, una cocción en dos tiempos y un horno de leña que se atiende a mano, a unos metros de la mesa, en el corazón histórico de la capital.
La jornada del pizzero empieza con las masas. Llevan harina, aceite y agua, más otros ingredientes que el cocinero prefiere no revelar y que, según explica, le dan a cada masa el toque italiano que presume el restaurante. Requieren tiempo y esfuerzo, y deben reposar para alcanzar la consistencia buscada. Después se forman con un rodillo, o palote, en grandes ruedas de dos tamaños.
La cocción ocurre en dos tiempos. La masa entra sola al horno y sale prácticamente cocida. Debe enfriarse un poco antes de seguir, porque trabajarla caliente puede agrietarla o romperla. Ya fría, recibe la salsa de tomate, el queso y los ingredientes recién cortados: peperoni, salami, champiñones, jamón. Vuelve entonces a la lumbre durante unos pocos minutos.
En febrero de 2020, El Diario retrató a quien se encargaba de ese proceso: José Felizardo Lara Quintero, de 21 años, joven rarámuri originario de Huicorachi, en el municipio de Urique. Llevaba casi un año y medio en el local, con turnos de la una de la tarde a las ocho de la noche. Había aprendido el oficio por observación y planeaba continuar sus estudios en la preparatoria.
Buscó al propietario del restaurante, a quien conocía desde la niñez, para pedirle una oportunidad. Se instaló en su casa en Chihuahua y comenzó a ayudarle en el local de la calle Segunda, donde aprendió a preparar las masas y a atender el horno.
A diferencia de sus hermanos, a Felizardo no le gustaba correr, y así lo repetía. Su hermana, María Juliana Lara, es una de las atletas rarámuri que han participado en maratones y han puesto en alto el nombre de Chihuahua. Él tenía capacidad para hacerlo, pero prefería la cocina. Visitaba a sus padres y hermanos cada tres o seis meses. Para llegar a su pueblo viajaba seis horas en camión hasta Cerocahui, en Urique, y caminaba otra hora y media; si corría, llegaba más rápido, y a veces, al bajar del autobús, emprendía su propia carrera.
De su trabajo en la cocina de Amorevino dijo entonces: “Me gusta mucho lo que hago, he aprendido muchas cosas”.
Amorevino abre de nuevo cada tarde, a la una, en la calle Segunda. Las masas se amasan, reposan y se forman en ruedas, y el horno de leña recibe, de una en una o de dos en dos, lo que sale de esa mesa.
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